Archivo

Magnetic-core Memory
Magnetic-Core Memory. Fuente: Computer History Museum.

La noción de archivo ha sido especialmente importante para nuestros territorios —te pienso ¡oh, Sudamérica!—; campos humanistas como la historia y teoría del arte, los estudios visuales, y también, por qué no, los estudios culturales, se han ocupado de señalar el lugar central de ésta en la cuestión de la memoria histórica y política de los pueblos.

Sin embargo, me preparo para avanzar en una operación distinta, ¿acaso alternativa? No sé bien como hacerlo. No quiero ir a contrapelo de lo antes dicho, pero al mismo tiempo, quiero apuntar a un espacio, a un tiempo, diferente; tal vez anterior, quizá ulterior. Allá donde yacen los lenguajes y sus sistemas de configuración. Más allá de lo que los hombres han dicho, o incluso, han creído discernir y escribir, por ellos mismos (Foucault, 2010 [1969], p.181).

El archivo, cuyo lazo interior nos lleva hasta la voz griega arché (ἀρχή), ha sido muchas veces señalado como el principio, como el origen —¿el mito del arca?. Pero, aquello oscila aún entre la aproximación que mira al archivo en tanto que lugar, y la otra, que insiste en entenderlo como función del tiempo —incluso las arcas deben viajar, oscilar, sí, otra vez, a través de las tempestades y el ruido. Y si él fuera del tiempo, entonces el archivo es proceso. Ha sido dicho antes: principio no es sólo origen, sino también principio gobernante, principia, principle. Así, desde esta perspectiva, la nuestra, el archivo es ordenamiento, sistema de configuración; el archivo es máquina.

Sin embargo, el archivo comenzó erigiéndose en tanto que monumento a las musas, musealium —¿acaso museo?— (Ernst, 2013, p.92). El lugar que resguarda el saber que los hombres han escrito, acumulado, papel tras papel, apilados, así, junto a otros papeles. La modernidad tardía empero, dio curso a la discontinuidad total que significó la invención de máquinas universales —tal como señala una nota anterior—, cuyo modo de existencia dependía de que, en cambio, el papel estuviera infinitamente en movimiento; así escrito, y luego, borrado, entonces, siempre en movimiento, nuevamente escrito, escaneado, y otra vez borrado —y así, otra vez, en movimiento, oscilando.

La Máquina Universal de Turing —que no demoró mucho en convertirse en universal en más de un sentido del término— obliga a desplegar entonces una reflexión minuciosa —donde esta nota es sólo la invitación y no el acto propiamente tal— sobre la noción de archivo y el alcance de actualizar su condición hasta un punto, en detalle contemporáneo. Esto pues, cuando los archivos monumentales transitan —casi siempre por necesidad de conservación— hacia el regimen de lo digital, su relación con la cuestión de la memoria deja de ser principalmente retórica, o bien, de estar referida exclusivamente a las grandes temporalidades que señalan la cultura y su historia (Foucault, 2010 [1969], p.17; Ibid., p.169), pasando en cambio, a obedecer a una condición de micro-temporalidades (Ernst, 2013, p.97).

Más aún, cuando el saber huye, por así decirlo, de aquella fría espera en los estantes —su holgada latencia— para avanzar y moverse ahora, sin parar, en tanto que flujos de cargas eléctricas desplegadas a través de redes de telecomunicación, entonces, su transformación es radical: ya no es saber sino información, ya no es latente sino transitorio (Ernst, 2013, p.95). Así, el archivo deja de estar puramente ahí, en las leyes subyacentes a los textos cobijados en esos mausoleos —como fue sin más hasta el siglo XIX—, pasando a ser un flujo permanente de información, y más aún, de datos, que la misma estructura del sistema que permite su nuevo modo de existencia, tal discontinuidad, le exige ser escrito y borrado, y nuevamente, escrito y borrado, una y otra vez —transitoriedad. En tiempos de alta tecno-logía, el archivo pasa a ser una función precisamente de aquello —techné y lógos—, y en consecuencia, lo mismo ocurre con la cuestión de la memoria.

Esto es, el nuevo archivo puede existir sólo a condición de que la memoria en la que descansa sea siempre técnica —flip-flop—, y así, también, siempre transitoria (Ernst, 2013, p.96). No muy lejos, el teórico de medios Friedrich Kittler adelantaba, hace veinticinco años, que la cuestión de la memoria debía analizarse precisamente con atención a su carácter aleatorio —Random Access Memory—, bien fuera ésta abordada en el inicio, el final, o cualquier punto medio del trayecto que se dibuja entre el proyecto psicoanalítico de Freud, y los más altos desarrollos tecnológicos del Japón (Kittler, 2017 [1993], p.129-30). Luego, los “archivos en transición” de Wolfgang Ernst, vienen entonces a insistir, y a acentuar, el problema: la micro-temporalidad en que avanzan las memorias técnicas, su hiper-velocidad, inaprensible a nuestros sentidos, nos lleva a percibir toda transitoriedad, toda re-escritura, todo pasado, sólo como presente (Ernst, 2013, p.87).

En suma, cuando la misma existencia humana es acoplada, como enjambre, a este archivo, lo que queda entonces es la urgencia de preguntar por, y así re-pensar, el lugar de la memoria en estas culturas-mediales —y con ello, por cierto, por sus límites (acaso) históricos, y, más aún, sobre sus políticas de circulación. Puesto de otro modo, nuestro lugar en el feed-back, o el feed-back en nuestro lugar.