Paul Virilio, tránsitos disciplinares y el habitar

Paul Virilio
Paul Virilio. Fuente: Der Tagesspiegel.

El mes pasado murió el pensador francés Paul Virilio. Nos enteramos de su muerte un 18 de septiembre, y hoy, gracias a sendos obituarios (Wark, 2018), sabemos que el así llamado Blitzkrieg Baby, falleció el día 10 de ese mes (Bishop & Parikka, 2018). Más aún, esos textos-homenaje nos echan a la cara las urgencias que —mientras Virilio se ocupaba de señalarlas durante toda una vida— nosotros, muchas veces, ignorantes, preferimos pasar por alto. Es por ello que haciendo un paréntesis a la línea que he trazado para estas notas, quiero apuntar aquí, muy brevemente, sólo dos cosas —hay muchas más—sobre lo que nos señala el legado del francés.

I.

Virilio se formó primeramente en una escuela de artes aplicadas. Allí se especializó en diseño de vitrales. Tiempos ya lejanos. Pienso, tal vez, miró así, a través de una translucidez estriada bañada en color, las ruinas que dejaría el estallido de una época —la Blitzkrieg. Explosión y visión que detona, probablemente, el tránsito, su tránsito; el cristal que se interpone a la mirada, conecta invariablemente la percepción —quizá como en Barthold Heinrich Brockes (Kittler, 2010, p. 90-91)—, a un dispositivo que lleva hasta la primera parada que constituye la fenomenología. Virilio, así, se cobija en los seminarios de Merleau-Ponty en París, para luego, nos dicen, encontrar su primer amor en la arquitectura (Wark, 2018).

El hombre que fue por décadas, usualmente, presentado como urbanista y filósofo, era nada de eso y todo eso a la vez; pues su objeto, fue la velocidad; esa sin detención que trae la guerra que no acaba, ya jamás.

II.

En mi propio tránsito, ocupé hace no mucho un rol académico en un lugar cuya devoción giraba en torno a la noción del habitar. La miré con distancia, muchas veces con total incredulidad. Cuando el cristal se convierte en máquina, esta vez bañada en información, el territorio que se habita en tanto que cartografía social, la ciudad que se habita en tanto que complejidad política, el espacio construido que se habita en tanto que tipología eternamente moderna, sencillamente ya no bastan. Su letargo, no permite ver la hiper-velocidad que apuntó Virilio.

Las preguntas yacen en otro tiempo. La cuestión, lejos de ser descriptiva, de hallarse en las superficies, es esta vez —o nuevamente— ontológica.

Así, aquel verbo, habitar, indudablemente problemático, ¿requiere aún de un sujeto que lo ejecute, gramaticalmente, por así decirlo? Entonces, para el predicado, ¿qué es eso que se habita?, y más aún, insistiendo —con algo de cinismo— en el sujeto, ¿quién-qué habita? El complemento, ya no es tan indirecto —ni tan complemento.

La velocidad de Virilio, aquella con la cual señaló la desaparición, muestra, indefectiblemente, que ya no habitamos un solo lugar, sino múltiples; moviéndonos, desapareciendo. Por lo tanto, ya no hay lugar, sino, solo, tiempo. Por ello, no somos más lo que fuimos, y habitar, no será nunca más lo que alguna vez fue.

Esta cuestión ontológica, entonces, por cierto, no trata más “sólo con las cosas, su materia y su forma, sino con las relaciones entre las cosas, en el tiempo y el espacio” (Kittler, 2009, p. 24).

En los tiempos que corren —entre las cosas—, ya no se puede ser tan solo diseñador de vitrales. Tampoco, urbanista o filósofo (Virilio, Kittler & Armitage, 1999).