Universal Turing Machine

Universal Turing Machine
Máquina Universal de Turing (esquema simplificado). Fuente: University of Cambridge’s Computer Laboratory.

La Máquina Universal de Turing —en mayúsculas e itálicas— debe primeramente comprenderse como una máquina teórica; y al mismo tiempo, como una máquina de papel, en ambos sentidos de la palabra.

Este dispositivo, el cual es recurrentemente nombrado en campos tales como los estudios y artes de medios, e incluso, a veces, también en los estudios visuales más contemporáneos, requiere de una presentación que permita, de una vez, comprenderlo con mediana propiedad, para superar así algunas de las especulaciones o vaguedades que pudieran rodear su denominación.

En tal sentido, antes de que la guerra estallara, en mayo de 1936, el así llamado matemático de la segunda guerra mundial, el británico Alan M. Turing, envió su artículo On Computable Numbers, with an Application to the Entscheidungsproblem, a la London Mathematical Society. Un poco más tarde, en agosto del mismo año, Turing agregaría un apéndice al texto (p. 263), el cual así, finalmente, sería publicado en enero de 1937.

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Aquí un breve paréntesis: las fechas son importantes en este contexto, pues en lo que se refiere a la contribución científica y puramente matemática, el texto de Turing se desplegó y desarrolló de modo paralelo —palmo a palmo por así decirlo— al trabajo del matemático estadounidense Alonzo Church, sobre la cuestión del Entscheidungsproblem; esto es, sobre si es posible contar con un algoritmo capaz de decidir si un argumento de lógica de primer orden, es universalmente válido. Así, tanto Church (1936) como Turing (1937) llegarían a la conclusión, a través de sus respectivos papers, de que no es posible elaborar tal algoritmo. En otras palabras, y como se señala en el mundo matemático, ambos, de forma independiente y con pocos meses de diferencia, resolvieron el Entscheidungsproblem planteado por David Hilber (1928), en negativo (Turing, 1937, p. 259). De tal modo, dicha contribución se haría posteriormente conocida como la tesis Church-Turing.

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Lo que nos llama ahora sin embargo, es la cuestión de la máquina diseñada por Turing. Como es ampliamente sabido, ella contiene las bases de la computación moderna, y por lo tanto —es posible ponerlo en estos términos— en ella subyace también el marco conceptual, y más aún, tecno-epistemológico, que atraviesa a las así llamadas culturas mediales contemporáneas.

Turing comenzaría tal empresa señalando que la justificación para avanzar en su proyecto radicaba en que “la memoria humana es necesariamente limitada” (p. 231). Esto es especialmente importante aquí —desde una reflexión de estudios de medios, y por qué no, también desde una mirada de estudios culturales—, por dos razones. Primeramente porque, vale la pena recordar, si bien los siglos anteriores ya habían visto esfuerzos tecno-científicos para desarrollar máquinas de cálculo (ej. la máquina diferencial de Babbage), los descubrimientos científicos que marcaron el giro entre el siglo XIX y el XX —especialmente aquellos en el campo de la física—, dejaron claro que las cargas de información que las sociedades modernas tendrían que procesar, eran inconmensurables frente a la perspectiva exclusivamente humana. Y así, en segundo lugar, porque la frase inicial de Turing permite constatar que su esfuerzo tecno-matemático, su Máquina Universal, se enmarca también —y más aún, probablemente es un acontecimiento clave de ello— en el descentramiento que removería para siempre a los seres humanos, y su subjetividad histórica —tal como enfatizaría más tarde, aunque con otros antecedentes, Foucault—, desde ese privilegiado lugar que dibujaba el eje medio de las culturas. Entonces, la mecánica cuántica, la formulación de un nuevo orden natural hiper-fragmentado, invisible e indiscernible a los sentidos, y alternativamente, sólo mensurable desde el cálculo automatizado, no sólo decretaría nuestra extinción como figura central, sino también, exigiría el surgimiento de nuevos modos de existencia.

La Máquina Universal emerge entonces, señalando una, por así decirlo, nueva época. Turing la concibe como automática, y por lo mismo, inicialmente llama a su invención, una “a-machine” (Turing, 1937, p. 232). Ella está provista de una hipotéticamente infinita cinta de papel, la cual contiene recuadros vacíos en los que, la misma máquina, puede imprimir símbolos que, también ella, a su turno, puede escanear, e incluso, más tarde, borrar. Todo este proceso se lleva a cabo considerando que la máquina mueve la cinta de papel, sólo un recuadro por vez, ya sea a la izquierda o bien a la derecha. En el centro permanece un cabezal, el cual cumple el rol de imprimir, escanear y borrar; todo ello, determinado por una configuración que dota a la máquina de un comportamiento dado (Turing, 1937, p. 231).

En un principio la a-machine es diseñada para imprimir símbolos de primer orden (0 y 1) y símbolos de segundo orden (letras). Los primeros son los datos propiamente tales, y los segundos sólo marcas que permiten reservar recuadros, que más tarde se borrarán, para que la máquina implemente una configuración dada, mientras mueve la cinta de papel a la izquierda o a la derecha (Turing, 1937, p. 234). Sin embargo, más adelante Turing señala que una “convención […] muy útil” (p. 235) permite imprimir sólo 0 y 1, más un espacio en blanco, para implementar así la configuración deseada.

De ahí en más, finalmente, Turing avanza hasta la idea y la descripción de una configuración para una máquina capaz de “computar cualquier secuencia computable” (p. 241), o, en otras palabras, una máquina que al ser cargada con una cinta de papel que contiene la “descripción estándar” (p. 240) de otra máquina, puede comportarse como esa Otra —es decir, el surgimiento de máquinas que simulan ser Otras máquinas, lanza sobre nuestro rostro, desplazándonos de manera definitiva, la noción de Universalidad.

Trece años más tarde, Alan M. Turing publicaría en la revista académica de psicología y filosofía Mind, su artículo Computing Machinery and Intelligence. Allí, nuevamente desde lo conjetural, el británico describe un juego de imitación donde una persona usando un teletipo, se comunica con dos individuos que están en otra habitación y por lo tanto no puede ver; uno dice ser un hombre, y el otro sostiene ser una mujer. El desafío para la persona frente al teletipo, es discernir cuál de los indiviuos en el otro cuarto, el hombre o la mujer, es en rigor un ser humano, y cuál de ellos es, realmente, una máquina (Turing, 1950, p. 433-34). Luego, lo que sigue, son máquinas, son máquinas, son máquinas, etc.

Daisy, Daisy,
Give me your answers do
I’m half crazy,
All for the love of you
[…]

(Kubrick, 1968)