Arqueología

Foucault

Con Arqueología aquí, no queremos hablar de la ciencia y práctica que, literalmente, desentierra objetos y trozos de antiguas civilizaciones, como se ha dado, por ejemplo, con los mausoleos egipcios o con las momias chinchorro en el norte de Chile. Alternativamente, sino, queremos referir al método que aquel cuya imagen encabeza esta nota –el filósofo francés Michel Foucault–, diseñara para discernir los ordenamientos y estructuras a través de los cuales el conocimiento se configura, y así, deviene cultura; el método que Foucault llamaría La Arqueología del Saber.

Tales postulados sostienen, en términos simples por cierto, dos cuestiones clave. Por un lado, que la configuración del saber, y por ende de la cultura, se da a través de procesos que no son antropocéntricos; es decir que el Hombre no lidera y donde tampoco es él su centro, y donde por el contrario, él sólo es, o queda, sujeto a tal configuración. Por otra parte, señala que tal configuración debe buscarse en el archivo, en el arché (de ahí arqueología), pues éste señalaría el principio de la configuración del saber.

Este último punto, aquel que indica la cuestión del principio, ha sido especialmente problemático pues ha llevado a que muchas veces se mal interprete el método de Foucault, entendiéndolo como una búsqueda de los orígenes; un principio en tanto que inicio. Sin embargo, nada de eso ha querido decir Foucault. Deteniéndonos algunos segundos, recordaremos que la palabra principio también refiere a la noción de principio gobernante, a las leyes y arreglos estructurales que hacen que algo opere de un modo y no de otro (como en el Principia Mathematica de Newton, o bien como principles en inglés). Y precisamente, ese es el llamado que hace Foucault en su Arqueología del Saber: indagar en los principios gobernantes del conocimientos que en el archivo subyacen.

Foucault entiende que tal empeño debe llevarse a cabo indagando analíticamente en los tratados y colecciones de textos, en los libros en estantes de bibliotecas y archivos nacionales, los que, al fin de cuentas, constituirían el archivo de la cultura. Tal proceso lo desarrolla de modo ejemplar en su libro Las palabras y las cosas, donde estudia procesos como los tratados de gramática, la historia natural, las teorías económicas, etc. Para Foucault, así, el conocimiento se va configurando a través de procesos de escritura, transmisión y archivado, con estructuras y ordenamientos particulares y la vez posibles de trazar.

Sin embargo Foucault, quien investigó y publicó sobre este asunto a fines de la década de 1960, no prestó atención a otras técnicas culturales que ya para esa época, también participaban del proceso de “escritura”, transmisión y archivado de información y conocimiento. Es por ello que hacia fines de 1970 surge en Alemania, especialmente de la mano de Friedrich Kittler, el proyecto de trasladar la tarea foucaultiana más allá de los documentos puramente textuales: emerge así –no desde el inicio con ese nombre– la llamada arqueología de medios. Ella se caracteriza por reconocer que ya desde inicios del siglo XX era posible ver, y constatar, que las culturas y el saber eran profundamente afectados por el devenir tecnológico moderno –el libro Gramophone, Film, Typewiter presenta muy bien este último punto.

No obstante lo anterior, desde la misma década de 1980, se desarrollan diversas miradas y formas de abordar y comprender esta idea de arqueología de medios. Sigfried Zielinski, quien daría nombre al área con su libro Archäologie der Medien, desarrolla sin embargo una investigación centrada en las subjetividades de los creadores de tecnologías emblemáticas, y más aún, bajo una perspectiva historiográfica. Todo ello, iría explícitamente a contrapelo de lo planteado por Foucault, quien por cierto vio su arqueología como un proyecto no sólo distinto sino también opuesto a la Historia. Tal vez por esto, Zielinski cambiaría luego el nombre de su método de investigación a Anarqueología, y más tarde a Variantología.

Todo lo anterior, pues me parece que la arqueología es un método altamente robusto para estudiar muchos de los asuntos que hoy, y ya por mucho, afectan a nuestras sociedades y culturas. Esto se puede hacer, por cierto, desde diversos campos. Yo mismo me permití sugerir –y a eso dediqué al menos mis últimos tres años en Chile–, que el diseño podía (si acaso no debía) tomar estas perspectivas y métodos. También los estudios culturales, las artes mediales y, por que no, las ingenierías, podrían abrazar estos espacios de indagación. Recordemos que el proyecto foucaultiano señala con fuerza, al sacar al sujeto del centro del devenir de las culturas, aquello que luego se denominó pos-humanismo –que no es otra cosa que preguntarse por la condición humana en tiempos hiper-tecnologizados.

PD: Sugiero algunas lecturas a quienes quieran profundizar en este asunto. Primero, Media Archaeology: Approaches, Applications, and Implications, editado por Erkki Huhtamo y Jussi Parikka (disponible en el Catálogo Bello de la U. de Chile), Arqueología de los medios. Hacia el tiempo profundo de la visión y la audición técnica, de Sigfried Zielinski –traducido y publicado por la Universidad de los Andes de Colombia–, y finalmente, el buen artículo de Joaquín Zerené, Arqueologías mediales: un diagnóstico de Jussi Parikka, publicado en Canal 1.